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Hoy, Día del Traductor, entrevistamos a Meritxell Martínez

2018-09-30 Con motivo del Día Internacional de la Traducción, que se celebra el 30 de septiembre, entrevistamos a la traductora Meritxell Martínez (Barcelona, 1972), que este año moderará en Liberisliber un debate sobre la impureza en el pensamiento y en la creación con Isaki Lacuesta, Miguel Morey y Daniel Sedcontra, a partir del libro El discurso impuro, publicado por Ediciones Incorpore, que recientemente ha promovido y traducido por primera vez al castellano, la obra de Jean-Noël Vuarnet.

Hoy se celebra la tarea imprescindible de los traductores y las traductoras. Recientemente se están publicando unas traducciones excelentes, fruto de un gran esfuerzo y una enorme profesionalidad, como es el caso de tu traducción de El discurso impuro, de Jean-Noël Vuarnet. Sin duda, esto se tiene que aplaudir. ¿Se puede decir lo mismo de la situación del sector profesional de los traductores?

Si por "sector profesional de los traductores" entendemos "todas aquellas personas que se dedican a traducir con compromiso, escucha y esfuerzo", sí. Son muchos los traductores y traductoras que se dedican días (y noches), meses, años, a un libro, a la metamorfosis de un libro en otra lengua. Por supuesto, también podemos entender esta expresión como "el conjunto de personas que se ganan la vida traduciendo". En este caso, imagino que hay de todo, como en cualquier otro sector: aquellos que lo hacen como ejecutantes de una tarea y aquellos que lo viven como una experiencia mucho más enriquecedora que una simple ejecución. Quiero creer que la segunda opción gana.

Aunque la aceleración de nuestra época y la precariedad del sector pueden conducir a una situación mixta, que no permite dedicar a un texto el tiempo y el cuidado que se querría, los traductores se organizan más y tienen más apoyo de otros sectores, como escritores, libreros o correctores, para dar visibilidad y reconocimiento a su tarea.

¿Cuáles crees que son los retos profesionales de los traductores y las traductoras hoy en día? ¿Cómo han cambiado respecto a hace unas décadas?

Tiempo atrás el nombre del traductor o traductora aparecía en la página de créditos, después se puso en la portada interior, debajo del del autor, y estos últimos años ya empieza a verse en la portada exterior. Puede que un día consigamos no solo que se ponga el nombre del traductor en la portada, sino también que se le mencione cuando se llevan a cabo encuentros alrededor de un libro traducido (no se suele hacer si el traductor no está).

Uno de los retos más importantes es hacer tomar conciencia de que el libro que el lector o lectora tiene entre las manos no es solo el libro, por ejemplo, de Simone de Beauvoir, sino el libro de Simone de Beauvoir más el traductor o la traductora. Lo que está leyendo es el resultado del encuentro de las dos escrituras. Hacer tomar conciencia de esto a quien lee, pero también, y principalmente, a los actores de la cadena que hace posible el libro y a las instituciones que fomentan la lectura. Hacer visible la tarea del traductor quiere decir, sobre todo, esto: darse cuenta de esta realidad, de la importancia de esta realidad, para modificar la mirada y el estatus que la sociedad le reserva.

Y, ahora, más concretamente sobre la traducción de El discurso impuro, de Jean-Noël Vuarnet. ¿A qué retos te enfrentaste? ¿El mismo discurso impuro sobre el que versa el libro representó un reto?

La palabra "reto" me parece muy acertada. He tardado tres años en traducir El discurso impuro. Es uno de los textos más difíciles que he metamorfoseado al castellano. Tres años de reto, entendido como "duelo", como "dualidad": dos para empezar, frente a frente, mirándose a los ojos fijamente, acercándose y alejándose. Cuerpo a cuerpo, con las lenguas enredadas. Dos lenguas para empezar: la de Jean-Noël Vuarnet y la de la traductora. Después: muchas más. Más lenguas, más dualidades, una infinidad de autores que había leído Vuarnet y que lo habían acompañado en su pensamiento y en su escritura, en su vida.

Me atrevería a decir que la lengua de Jean-Noël Vuarnet no es el francés, sino el francés de Jean-Noël Vuarnet, es decir, un francés que pone trampas al francés, un francés que hace estallar los corsés lingüísticos, para poder decir lo que quiere. La traducción castellana ha tenido que poner trampas al castellano, ha tenido que obedecer a la desobediencia del texto original para intentar realizar las torsiones y piruetas de su semántica y su musicalidad. En muchas ocasiones, me he visto (felizmente) obligada a inventar algún neologismo y a agitar la sintaxis, la gramática, la puntuación, los espacios... Evidentemente, no siempre he llegado donde quería llegar, intuía por donde ir, pero la pieza no caía cuando la esperaba, sino, repentinamente, en el momento más insospechado. Algunas piezas, de hecho, todavía no han caído y a lo mejor no caen nunca...

«Me gusta la idea de que la lengua pueda hacernos decir lo que no creíamos haber pensado y que podamos, a la vez, sacarla de quicio, sacarla de sus costumbres y manera de ser». Estas palabras, de la escritora quebequesa Nicole Brossard, bellamente traducidas por Antoni Clapés, condensan el "reto", la experiencia de traducción que he vivido durante tres años. Un cara a cara, o mejor, un corazón a corazón, que sacaba a la lengua castellana de sus costumbres o normas, que no traducía (solo) palabras, sino intensidades. Intensidades de escritura de Jean-Noël Vuarnet, pero también de Proust, Kafka, Rousseau, Kierkegaard, Mallarmé, Bataille, Ángela de Foligno, Klossowski, Séneca, Pascal, Santa Teresa, Nietzsche, Blanchot y Artaud, entre otros.

El discurso impuro es justamente eso: un sacar a la lengua de quicio, no escribiendo sobre, sino escribiendo con todos esos autores, con todas sus lenguas, con todas sus intensidades. La traducción tenía que acoger esa orquesta de voces con sus pesos, texturas, ligerezas, contenciones... La escucha ha sido esencial, leer y releer, volver a leer, una y otra vez, para captar aquello que hace que el texto llegue no solo por lo que dice sino por cómo lo dice, por cómo respira; para percibir los hilos invisibles que cosen las palabras y componen el texto. Leer y releer, para prestar el oído a todo eso y poder ponerlo en una nueva lengua.

No es la primera vez que traduces a Vuarnet. Además de epilogar la versión francesa de La Chute de la Maison Tripier, siempre para Ediciones Incorpore, tradujiste al castellano El filósofo-artista y Personaje inglés en una isla. ¿Hubo unas dificultades diferentes a la hora de traducirlos o, al contrario, el hecho de adentrarte cada vez más en su mundo te ayudó a destacar matices y peculiaridades recurrentes del autor?

La experiencia de traducción de estas dos obras fue igualmente potente y enriquecedora, pero no tan compleja ni apasionada como la de El discurso impuro. De hecho, leí este último libro antes que los otros dos, pero lo traduje posteriormente porque me parecía que los otros me permitirían ir entrando en la lengua francesa de Jean-Noël Vuarnet. Traducir es, ante todo, leer y escuchar, escuchar mucho un texto, para que este se vaya abriendo lentamente y nos deje penetrarlo, nos deje remover la lengua y sus hilos invisibles. Y esto conlleva tiempo, tiempo de libros, tiempo de un vivir entre libros escritos por el mismo autor.

En cuanto a El filósofo-artista, aunque también debía de metamorfosear una escritura polifónica con muchos autores, de épocas y de horizontes diversos (filósofos, poetas, escritores, místicas, etc.), la estructura del libro, más lineal, facilitó un poco la traducción. Esta linealidad se debe, probablemente, a tres razones. La primera: a lo largo de todo el libro, se investiga la noción nietzscheana de filósofo-artista, sostenida siempre por la misma pregunta ("¿Existen hoy en día tales filósofos? ¿No deberían existir algún día?"); la segunda: el recorrido es cronológico, parte del Renacimiento, con Giordano Bruno, y llega hasta el siglo XX; la tercera: este texto es su tesis doctoral de filosofía, dirigida por Gilles Deleuze, de quién fue, primero, alumno y después amigo.

Pero, a pesar de la recomposición que seguramente respondió a requisitos universitarios, no alisó la lengua ni tampoco suprimió la primera página, titulada, muy significativamente, "Personajes principales", ni en la universidad ni, después, cuando una editorial francesa muy conocida, Gallimard, estaba dispuesta a publicarla, a condición de que la sacara. Como no quiso hacerlo, el libro tardó muchos años en ver la luz. Esta página no era ni es un capricho, es una declaración de intenciones: lo que viene a continuación, parece decirnos, es la obra de escenas del pensamiento, escenas donde se mezclan los personajes y las ficciones, sin maestros, orígenes ni verdades, solo fuego y juego, solo juego y danza, donde se encuentran el Mago Blanco, de El Señor de los Anillos, Rousseau y Kierkegaard, entre muchos otros. Esta página es también, sin duda alguna, un aviso para navegantes traductores.

¿Y cómo no sentir, en esos "Personajes principales", el eco de Personaje inglés en una isla? Hay una diferencia, sin embargo, importante: este libro es por sí mismo un relato; no tiene, pues, ninguna pretensión filosófica, pero piensa, piensa más allá de las nociones y de los conceptos. La escritura es mucho más literaria y, por lo tanto, más "libre". Este aspecto también afecta a la traducción, puesto que no hay que jugar con términos tan conceptuales ni con referencias filosóficas, traducidas anteriormente, que pueden simplificar o complicar la comprensión en el país que recibe la traducción. No por ello, no obstante, el "reto" es más fácil, ya que, justamente, cuanto más vuela o cae un texto, más complicado es llegar a su altura o profundidad. La experiencia resulta aún más poética que en los ensayos, a pesar de que estos están profundamente impregnados de poesía. El discurso impuro, en particular.

Cuando un lector se encuentra ante un ensayo, en general, espera entender lo que se expone en él, porque se supone que un ensayo piensa y habla de una cierta manera, se supone que se tiene que comprender y, si no es así, le cuesta dejarse llevar. En cambio, cuando lee literatura, poesía, parece que se desprende con más facilidad del vehículo de la razón, que busca incesantemente dónde agarrarse. No es necesario que lo entienda, solo que le llegue, que le toque de alguna manera, que le evoque algo. Por suerte, Jean-Noël Vuarnet ya nos avisa en las primeras páginas de El discurso impuro: no es un ensayo, "ni siquiera una recopilación de ensayos, sino el ensayo de una recopilación", es decir, la tentativa de un repertorio de textos completamente diferentes, textos que leen y nos hacen leer a autores del pasado y del presente desde otro lugar: insuflándoles el aire y las preguntas del presente.

Lo más fascinante es que, entre esos tres libros, los puentes son infinitos, entre esos y, por supuesto, todos los demás. A medida que iba leyendo más libros, artículos y traducciones de Vuarnet (no es casualidad que se entregara a esta experiencia de escritura, traduciendo a autores como, por ejemplo, Séneca, Bruno o Joyce), más oía el movimiento de los hilos invisibles que hacen bailar el libro y el entrelibros. Más pistas encontraba para traducir algunos cuestionamientos y señales de pensamiento, recurrentes en la obra de Vuarnet.

Además de Vuarnet, has traducido a otros autores como, por ejemplo, Georges Bataille, Michel Surya, Bernard Noël, Pascal Quignard, siempre de una complejidad lingüística notable. ¿Qué te han aportado profesionalmente?

Todos ellos me han aportado mucho vitalmente y, en consecuencia, profesionalmente. Dado que todos tienen una experiencia de la lengua bastante disidente, me obligan a ser disidente en la lengua de la traducción. Me obligan a situarme cada vez más lejos de las convenciones que limitan y ahogan a la lengua, aportándole, gracias a ello, oxígeno o, como diría Jean-Noël Vuarnet, "venenos saludables". Estos "venenos" son los únicos que pueden combatir la alienación del lenguaje utilizado como moneda de cambio, los únicos que pueden luchar contra el valor mercantil de las palabras. La traducción es, sin duda, un instrumento clave en esta lucha.

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